El consejo de la semana · 18 de julio de 2026
La copia fechada que deberías guardar antes de enviar tu texto
Guarda siempre una copia fechada de lo que envías: el registro de la propiedad intelectual es la vía formal, pero incluso un correo a ti misma con el archivo adjunto ya deja rastro con fecha.
Envías el relato al concurso, cierras el correo y ya no vuelves a pensar en el asunto -hasta que meses después alguien publica algo parecido y te preguntas si tu texto llegó a leerse, si se filtró, si simplemente coincidieron dos personas pensando en lo mismo. En ese momento, lo único que te salva es poder demostrar cuándo escribiste tú lo que escribiste.
El registro de la propiedad intelectual existe para esto, y es la vía formal, la que tiene validez legal plena y la que conviene usar si el texto te importa de verdad —una novela, un poemario completo, algo en lo que has invertido años. Pero no es lo que casi nadie hace antes de mandar un relato a un certamen de microrrelato con premio de 200 euros, y está bien que no lo sea: sería desproporcionado para ese caso.
Lo que sí puedes hacer, y cuesta treinta segundos, es enviarte a ti mismo un correo con el archivo adjunto justo antes de mandarlo al concurso. Ese correo queda fechado, sellado por el propio servidor de correo, y aunque no tenga el peso de un registro oficial, es una prueba que existe y que no cuesta nada generar. Guarda ese correo, no lo borres nunca, y ya tienes un rastro. Y cuando mandes el correo al certamen, ponte en copia a ti misma: la misma prueba, sin trámite aparte; el mensaje queda fechado con el adjunto exacto que enviaste.
Lo mismo vale para una copia en la nube con fecha de creación visible, o para un documento firmado digitalmente con marca de tiempo. Lo importante no es el método concreto, sino que exista algo, en algún sitio, que diga «esto se escribió antes de tal fecha» y que tú no puedas manipular después sin que se note.
Conozco el caso de una escritora que años después de presentarse a un certamen vio un cuento publicado con una estructura casi idéntica a la suya. No pudo demostrar nada porque no tenía nada que mostrar: ni el archivo original con su fecha de creación, ni el correo, ni el registro. Probablemente fuera coincidencia —pasa más de lo que parece cuando varias personas trabajan la misma idea en el mismo año—, pero se quedó sin la tranquilidad de poder comprobarlo.
No hace falta paranoia. La inmensa mayoría de los concursos son limpios y los jurados no van buscando ideas ajenas para quedárselas. Pero un archivo fechado no protege solo de un robo hipotético: protege también de tu propia memoria, que en un año te hará dudar de si esa versión era la que enviaste o la anterior.
Guarda el archivo con la fecha en el nombre, mándate el correo y sigue escribiendo. No es un trámite burocrático, es un seguro que casi nunca vas a necesitar —hasta el día en que sí.
